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| Rudeza e imaginación... |
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| Espolón Este al Mallo Firé..una vía con mayúsculas |
“Por tercera vez, vamos a
enfrentarnos con la grandiosa pared sur-este del Fire, el que contemplamos en
aquel amanecer del día del Pilar flotando sobre el mar de nubes, lo que
contribuye a darle un aspecto más impresionante si cabe. Con Navarro de
compañero de cordada, avanzamos hacia el coloso, que se yergue con una
vertiginosa verticalidad, dominando esbelto las laderas circundantes. Hemos
preparado nuestro equipo a base de bien y en la intendencia incluimos un pollo con el que celebraremos el día,
observando que, como el vino, también gana con la altura. Sumamos a la pesada
impedimenta, aparte de la cámara fotográfica, un tomavistas con buen surtido de
película, con la que pensamos filmar
los pasos más interesantes.
”Tras un rápido inventario (a ver si
todo está en orden), comenzamos la escalada, que coincide con la vía de la cara
Oeste por el extraplomo inicial –bastante serio– y la larga travesía
horizontal, por la que, rebasado un espolón, se hace difícil entenderse.
Afortunadamente, algunos compañeros madrugadores están al pie del mallo y,
haciendo de eco, conseguimos solucionarnos. Más tarde, el grupo aumenta y,
desde una cornisa, puedo contemplar la expectación: Terrer con sus agregados,
que ha venido desde los chalets de la estación; Vidal, nuestro asesor-jefe en
lo del tomavistas; y la para mí siempre amenazadora figura de Ramón el Galletas, quien, cachaba en ristre,
parece querernos decir que, como no tengamos ojo con la pared, lo vamos a tener
que tener con él.
”Abandonamos
la vía Villar que, con el en estos momentos averiado Villarig, repetí hace dos
años, comprobando que, a pesar de estar poco frecuentada, es una de las más
interesantes de Riglos por su variedad. Desde el punto donde nos encontramos,
superamos un tramo muy liso de pared compacta, donde Navarro, en el primer
intento, tuvo una caída, por lo que, pasado el primer susto, solo nos
preocupamos de si Vidal, que seguía la escalada, habría podido filmarla con su tomavistas. Procuro
desechar de mi pensamiento la caída de Navarro y prosigo el delicado paso a
libre, hasta que una fisura ya conocida de las otras veces, me brinda ocasión
de colocar una segura escarpia. Continúo la fisura y, poco más arriba –al
desaparecer–, tengo que bordear la panza (que muere en un paso que requiere
toda la atención), hasta que alcanzo una cornisa formada por una laja semi suelta
que da la impresión de ir a soltarse del todo al poner los clavos de seguro
para la reunión.
”Una vez ha llegado Navarro, que ha
tenido que subirse la panza directamente, inicia el siguiente largo sobre mis
hombros, pisoteándome a placer. En este largo evitamos, yéndonos a la izquierda
en un aéreo flanqueo, la fea fisura diagonal que bautizamos la cicatriz, aparente línea de ataque
vista desde la base, pero que a su altura se ve impracticable. Navarro
desaparece de mi vista, avisándome de que sigue a libre; por mi parte, pongo
toda la atención en la maniobra, pues, por experiencia de los anteriores
intentos, sé que las cuerdas no corren bien, dificultando la progresión de mi
compañero. Por fin, alcanza una cornisa y recupera la despensa, atendiéndome a mí a continuación, que paso recuperando el
material. Es bastante tarde cuando alcanzo la cornisa en la que decidimos
instalar el primer vivac, satisfechos de poder aligerar en parte el pesado
petate. Luego, sacándole el mejor partido posible a la estrecha cornisa,
arrebujados en las chaquetas de pluma, nos disponemos a pasar la noche.
”Sobre
las seis de la mañana, tras haber dormido toda la noche de un tirón, prosigo,
desplazándome a la derecha por la misma cornisa del vivac, hasta una panza que
supero con ayuda de un pitón; sobre ella, subo en diagonal un muro bastante
liso que se extraploma al final. Logro superar dicho extraplomo con cuatro
malos clavos y preparo la reunión. La siguiente tirada, a cargo de mi
compañero, comienza –cómo no– a base de pisotearme los hombros; luego, en un
alarde de equilibrio, supera una panza, siguiendo por un diedro descompuesto,
del que hay que salirse en un difícil flanqueo. Al final de éste llega a la repisa
donde dimos la vuelta en el segundo intento. Colgado del clavo de rápel (¡vaya clavo!), estudio la
continuación del itinerario desconocido desde aquí. Por encima de la panza, en
cuyo borde estoy suspendido, otra más saliente cierra el paso, siguiendo un
trozo de pared por la que calculo se podrá progresar más rápidamente; una
tercera panza cortada por una fisura y la perspectiva achata el resto de la
pared visible. Supero los dos primeros extraplomos difícilmente (la pared no me
ha engañado) y salvo el trozo liso con más facilidad. Finalmente, tengo que
subir la fisura del final utilizando métodos nada académicos y, tras hacer
bastante fuerza, consigo encaramarme en una repisa al pie de un muro de aspecto
más fácil, por el que sube Navarro en un rápido largo de cuerda.
”Nos reunimos en un rellano al pie
de una panza –¡panzas y más panzas!–, surcada por tres chimeneas, a cual más
fea. Tenemos que deliberar cuál ha de ser la que sigamos y cómo alcanzarla,
cuando nos decidimos por la central. Después de varios infructuosos intentos de
llegar a ella de frente, lo logro dando un rodeo por la derecha, sin que la
cosa sea mucho más fácil, a base de paciencia y de fiarme de unos pitones más
bien malos. La chimenea, salvo una sabina a la mitad en la que se nos engancha
el petate, no ofrece otro problema que un techillo
al final, el que da salida a una pared de excelente roca, lo que hace
prorrumpir en exclamaciones de gozo a Navarro a medida que la va subiendo. Mi
aviso de que no le queda cuerda lo sorprende en un estrecho resalte, donde
visto que el día toca su fin, se decide preparar el segundo vivac. Resulta
agradable poder relajar los músculos y ceder en la constante tensión nerviosa
que la escalada requiere. Veo sonreír a Navarro satisfecho mientras va trasegando
cosas del petate al estómago; luego, saciados, contemplamos la aparente
miniatura del paisaje a vista de pájaro, mientras esperamos el reparador sueño,
que por la confusión de recuerdos no debió tardar en venir.
RABADÁ
SENDER, Alberto, “Mallo Fire: primera cara Sur”, en: Boletín de Montañeros de Aragón, 67, enero-marzo de 1962.
”Al aclarar el día, nos decidimos a emprenderla de nuevo. A la rosada
luz del amanecer, vemos lo que tenemos encima..., no es muy
prometedor..., lo único prometedor es la dureza del día que nos espera.
En este segundo tercio, la pared presenta una de sus mayores defensas
con una serie de extraplomos continuados durante cuarenta o cincuenta
metros. Sobre ellos, unas cornisas amplias son nuestra meta momentánea.
Tras filmar a Navarro a la salida de tan aérea cama,
con el consiguiente desentumecimiento de músculos, comienzo la tarea.
El primer largo, en diagonal a la izquierda, permite sortear los
primeros desplomes, siendo en la siguiente –a la derecha–, cuando nos
encontramos en medio de ellos. Deliberamos nuevamente si ir un poco más
allá a ver qué hay, pero,
ante la perspectiva de un retroceso, no queda otra solución que seguir
derecho. De esta forma, momentos después, me encuentro haciendo
artesanía pura a base de pitonisas, pitoncicos y toda la quincalla menuda que tengo, pasando un rato apurado hasta que, penduleando, me sitúo en una repisa donde descanso de la fatigosa tirada.
”Otro largo queda para salir de esta segunda zona de panzas.
Veo a mi compañero empezarla con un brío que queda frenado ante la
imposibilidad de pitonear ni
medianamente bien. Son momentos de gran tensión: sobre uno de los
clavos que ha conseguido colocar, suspende un estribo..., y es al querer
apurar el último peldaño, cuando se produce la caída. Todo ocurre en
breves instantes. Al desprenderse el primer clavo, el segundo lo hace
también, y es uno de la reunión el que aguanta el vuelo
de él, queda suspendido unos metros por debajo de mí, sin mayores
consecuencias que un dedo magullado, el reloj hecho puré y amén del
consiguiente sobresalto. Mientras ataca otra vez, ésta con los bríos un
poco mermados, le pido repita el retroceso al objeto de filmarlo...,
en principio dice que sí..., que no sé qué de mi tía. Al segundo
intento, hay más suerte: el clavo aguanta lo suficiente para alcanzar la
parte superior del extraplomo, por el que se desplaza hasta llegar a
una pequeña muesca al pie de un tramo de pared sumamente vertical de
unos quince metros.
”Intento dar con otra cornisa durante las dos horas de luz que quedan,
pero, al no conseguirlo, nos resignamos a pasar la noche allí,
organizándonos un balconcillo con las cuerdas, que supla la falta de
terreno horizontal. Por otra parte, el tiempo parece que no quiere
colaborar, y una fría llovizna nos hace presumir que el día de mañana no
va a ser mucho mejor que hoy. Resguardados con los plásticos,
contemplamos, al amanecer, todo velado por la niebla. El Pisón, con el
erguido y provocativo Puro que tenemos enfrente, escasamente se destaca
de las brumas que lo envuelven. Si no le da por llover recio...
”Echamos mano de la última reserva de clavos que hay en el
petate, ya que muchos han sido abandonados, otros rotos y bastantes han
caído abajo. La escuálida mazurca
se nutre de nuevo y, con ella en ristre, trepo por la triple hasta el
punto que ayer retrocediera. Como la tarde anterior, todas mis
tentativas se estrellan ante la imposibilidad de clavar y, como no me
seduce la idea de empezar a burilazo limpio, decido buscar nuevos
horizontes. A fuerza de artesanía y de clavos made in circunstancias, me desplazo a la derecha, hasta una entosta
donde puedo meter un sólido pitón, que asegura la continuación de la
travesía, pero, al llegar al límite de las cuerdas y del material sin
encontrar una solución, regreso a la entosta
donde, cansado de tanto paseo, me aseguro y recupero a mi compañero. Si
placer me causa el comerme la manzana que al llegar junto a mí, me
alcanza Navarro, más todavía me causa el oír el clic
del mosquetón puesto sobre el primer clavo que ha conseguido poner; a
éste se sucede otro..., ¡y otro! Ya toca la repisa que esperamos salir
de este agotador trozo de pared, y por ella se desplaza hacia la
izquierda, hasta situarse en una buena cornisa al otro lado del espolón,
en la que, a juzgar por los gritos de júbilo que da, calculo se
terminan los problemas gordos (¡ya era hora!).
”Al final de la tirada siguiente, y mientras mi compañero se acerca a mi
altura, no siento otra cosa que llevar el tomavistas descargado. Es
impresionante verlo suspendido de estos hilos de araña que nos unen,
recortado sobre el pueblo, que se ve diminuto entre su cuerpo y la
pared, por la que, con su habitual y tranquila agilidad, está trepando.
Otra tirada de cuerda por unos metros de pared lisa, una corta canal con
mala salida y alcanza Navarro un nido de buitres (también se buscan la
casa alta estos animalitos). Nos reunimos en él, estamos cerca ya de la
cima, pero la noche se nos echa encima y decidimos preparar el último
vivac, pues, a pesar de la cercanía, desconfiamos de cómo estará el
trozo que queda y no es cuestión de exponerse a pasarla en un estribo,
teniendo a nuestra disposición el confortable nido.
”El petate está ya fláccido; sólo unas pocas provisiones y
el material del vivac..., por la noche. Por la mañana, las provisiones
las subimos puestas; alivia algo al tener que izarlo, pero, en cambio,
la sensación del estómago ya no se pasa apretándose el cinturón. La
última tirada es a cargo de Navarro, pues, tras los suspenses de la de
ayer, temo no encontrarme en las mejores condiciones. Lo veo partir
decidido por un extraplomo sobre nosotros, del que pasa a una especie de
medio cono a la derecha por el que continúa en arriesgado largo a
libre hasta el redondeado de la cima, de la punta No Importa. Desde
aquí, ya poco puede interesar lo demás: pasar a la Buzón y descender en rápel hasta la glera
y, por ella hasta el pueblo, es corriente. Únicamente querría expresar
nuestro agradecimiento a todos los que, aunque sólo pudiese ser con su
presencia y su fe, nos animaron a conseguir esta escalada, cuya nueva
vía denominaremos Félix Méndez”.
Alberto Rabadá Sender.
Boletín de Montañeros de Aragón. 1962.
Boletín de Montañeros de Aragón. 1962.
| Los otros dos... |
Una locura lo de la cordada aragonesa. Un muro y muchos días de observación, de paciente y laboriosa ascensión para buscar lo que muchos dicen como "más evidente". Largos expuestos, verticales, con ambiente Riglero desde el inicio hasta el final. Nosotros nos buscamos la vida mientras disfrutabamos de lo lindo ponieniendonos en la piel de los verdaderos valientes que se precipitaron a encontrar este osado sendero vertical. Preciosa actividad para estos días revueltos, de entretiempos, de kilómetros y de nuevos retos aún que aún me están por salpicar...
Dejo el texto de Rabadá...porque creo que merece la pena echarle un vistazo y rememorar aquella ascensión.
| Feliz final |

